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El Almacén

EXP-275 · Religiones y textos sagrados

Evangelios apócrifos: la lista la firma un obispo en el año 367, no un concilio

No hubo concilio ni hoguera. La primera lista con los 27 libros del Nuevo Testamento actual es del año 367 y la firma un obispo en su carta de Pascua.

Desclasificado Apertura 28 de agosto de 2026 Revisión 28.08.2026 5 min · 16 fuentes
M. Martin Vicente, CC0 1.0 (Openverse)
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Folio 1 · EXP-275 Copia de consulta

Año 367. Atanasio, obispo de Alejandría, escribe la circular con la que cada primavera anunciaba la fecha de la Pascua. En mitad de esa carta administrativa mete una lista de veintisiete libros. Es la primera vez que alguien enumera exactamente los mismos que hoy trae el Nuevo Testamento de cualquier Biblia de mesilla.

Habían pasado más de tres siglos desde la crucifixión. No es un concilio. No es un decreto imperial. Es una carta de Pascua.

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Y en ese hueco circulaban biblias completas con otros libros dentro. El Códice Sinaítico, del siglo IV, la biblia griega más antigua que existe, lleva cosidos al final del Nuevo Testamento la Epístola de Bernabé y el Pastor de Hermas, sin marca ni advertencia. El Alejandrino, del siglo V, trae 1 y 2 Clemente.

La palabra que hoy es un insulto empezó siendo un reclamo

Apócrifo viene del griego apokryphos, oculto. No significaba falso: era el argumento de venta. El Evangelio de Tomás abre así: "Estas son las palabras ocultas que Jesús el Viviente dijo y que Dídimo Judas Tomás puso por escrito". Los obispos del siglo IV giraron el término hasta dejarlo en sinónimo de espurio. El insulto es posterior al libro.

Tampoco hay un número cerrado, y quien suelte una cifra redonda está inventando. El catálogo abierto e-Clavis de la NASSCAL sigue sumando fichas de obras conservadas solo en copto, siríaco o armenio. Los cincuenta evangelios que la Iglesia escondió no salen de ningún catálogo.

Y no son un bloque. Son cinco familias: infancia, que rellena los años en blanco (Protoevangelio de Santiago); dichos, sin relato y sin cruz (Tomás); revelación gnóstica (María, Felipe, Judas); pasión, que amplía el juicio y la tumba (Pedro); y los judeocristianos perdidos, de los que solo quedan citas ajenas.

Diciembre de 1945, dos campesinos buscando abono

Al pie del Yabal al-Tarif, frente a Nag Hammadi, Muhammad Ali al-Samman y su hermano desenterraron una jarra sellada: trece códices, cincuenta y dos tratados en copto. Ahí aparecieron completos por primera vez Tomás, Felipe y el Apócrifo de Juan. Hasta ese día, de casi todos solo se sabía lo que escribieron sus enemigos al refutarlos.

La escena que todo el mundo repite, la madre quemando códices en el horno de pan, no la documenta nadie que estuviera allí. Sale de unas entrevistas que James M. Robinson hizo al campesino treinta años después.

Conviene leer a Tomás entero antes de venderlo como el evangelio igualitario que ocultaron. En el dicho 114, el último, Pedro pide que María se aparte porque las mujeres no son dignas de la vida, y Jesús responde que la guiará para hacerla varón.

Cómo se apartaba un libro de verdad

No hay secretos. Hay una queja vecinal. A finales del siglo II, Serapión, obispo de Antioquía, pasa por Rosos y le preguntan por un evangelio atribuido a Pedro. Lo autoriza sin haberlo leído. Luego lo lee, ve que sirve a los docetas y rectifica por escrito. Eusebio conserva su frase: recibimos a Pedro como a Cristo, pero los escritos que falsamente llevan su nombre los rechazamos. Autoría y doctrina, nada de tapar algo comprometedor.

Ese evangelio apareció mil setecientos años después, en el invierno de 1886-87, en la tumba de un monje de Ajmim. En su resurrección hay dos hombres cuyas cabezas llegan al cielo, un tercero al que sostienen y una cruz que habla.

Nicea no hizo esto

El cierre occidental llega por goteo administrativo: sínodos de Hipona (393) y Cartago (397 y 419), y el Decreto Gelasiano, cuyo capítulo quinto trae el primer catálogo de libros a rechazar. No lo escribió el papa Gelasio I: desde Dobschütz, la posición mayoritaria es que es una compilación anónima italiana de entre 519 y 553. El documento que durante siglos se citó como la prohibición pontificia de los apócrifos es, él mismo, una atribución falsa.

Y el canon católico no queda blindado con anatema hasta Trento, sesión cuarta, 8 de abril de 1546.

Media Navidad es apócrifa

Joaquín y Ana, los padres de María, salen del Protoevangelio de Santiago, no de la Biblia. La cueva del nacimiento, también. El buey y la mula asoman en el Pseudo-Mateo. Y de los magos, Mateo no dice cuántos son, ni que sean reyes, ni cómo se llaman. Un texto apartado sostiene el belén de medio país, igual que una tela discutida sostiene una devoción entera desde que peritaron la tilma de Guadalupe.

Hay más. En las azoras 3,49 y 5,110 del Corán, Jesús modela un pájaro de barro, sopla y el pájaro echa a volar. Ese milagro abre la Infancia de Tomás, siglo II. Y la carta de Judas, canónica en todas partes, cita en sus versículos 14 y 15 una profecía de 1 Henoc, libro fuera de las biblias católicas y protestantes y dentro del canon de ochenta y un libros de la ortodoxa etíope Tewahedo.

Lo que falta y a quién pedírselo

Dos documentos moverían el expediente. El manuscrito de Mar Saba en manos de terceros, para dejar de discutir sobre unas fotografías de 1958. Y la edición completa del copto de la Carta festal 39, más dura que la griega y de la que Brakke publicó un fragmento nuevo en 2010.

Lo demás es cadena de custodia. La traducción del Evangelio de Judas que National Geographic presentó en 2006 la desmontó April DeConick al leer daimon, demonio, donde se había puesto espíritu. El papiro de la mujer de Jesús, presentado en Harvard en 2012, tardó cuatro años en caerse. Falla lo mismo que al buscar pruebas de Jesús fuera de la Biblia: no faltan textos, falta procedencia.

Fuentes de este expediente

  1. Atanasio de Alejandría, Carta festal 39, año 367; fragmento copto editado por David Brakke, Harvard Theological Review 103, 2010.
  2. Ireneo de Lyon, Adversus Haereses 3.11.8, c. 180; noticias sobre Marción en Tertuliano, Adversus Marcionem, c. 208.
  3. Fragmento de Muratori, Codex Ambrosianus I 101 sup., Biblioteca Ambrosiana de Milán, publicado por L. A. Muratori en 1740; estado de la cuestión en Eckhard J. Schnabel, JETS 57/2, 2014.
  4. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 6.12, carta de Serapión de Antioquía, y 3.25.
  5. Biblioteca de Nag Hammadi, hallada en diciembre de 1945, Museo Copto de El Cairo; The Nag Hammadi Library in English, dirigida por James M. Robinson.
  6. Papiros de Oxirrinco 1, 654 y 655, Grenfell y Hunt, 1897-1904; identificación de Henri-Charles Puech, 1952.
  7. Fragmento de Ajmim, Misión Arqueológica Francesa de El Cairo, 1886-87, publicado por Urbain Bouriant en 1892.
  8. Codex Sinaiticus, siglo IV, British Library y Universitätsbibliothek Leipzig; Codex Alexandrinus, siglo V, British Library, Royal MS 1 D V-VIII.
  9. Decretum Gelasianum, capítulo V, compilación anónima italiana de entre 519 y 553 según Ernst von Dobschütz, 1912; reseña de F. C. Burkitt, Journal of Theological Studies 14, 1913.
  10. Concilio de Trento, sesión IV, decreto sobre los libros sagrados, 8 de abril de 1546; prefacios de Lutero al Nuevo Testamento alemán, 1522.
  11. J. K. Elliott, The Apocryphal New Testament, Oxford University Press, 1993; catálogo e-Clavis de la NASSCAL.
  12. National Geographic Society, presentación del Evangelio de Judas, Códice Tchacos, 6 de abril de 2006; April D. DeConick, The Thirteenth Apostle, 2007.
  13. Karen L. King, Jesus said to them, My wife..., Harvard Theological Review 107:2, abril de 2014; Ariel Sabar, The Atlantic, julio-agosto de 2016, y Veritas, Doubleday, 2020.
  14. Morton Smith, Clement of Alexandria and a Secret Gospel of Mark, Harvard University Press, 1973; debate recogido en The Secret Gospel of Mark, Yale University Press, 2023.
  15. Synodicon Vetus, texto griego del siglo IX, edición de Johannes Pappus, 1601; cánones del Concilio de Nicea, 325.
  16. Canon de 81 libros de la Iglesia ortodoxa etíope Tewahedo; Judas 14-15 citando 1 Henoc 1,9.
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